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Apetito por la destrucción, Alberto Huerta

APETITO POR LA DESTRUCCIÓN
Alberto Huerta



Texto curatorial

Desde los conflictos armados hasta el calentamiento global; de las tensiones sociales y las migraciones económicas, climáticas y políticas, hasta el éxodo de quienes huyen en busca de paz, habitar nuestro planeta es una tarea cada vez más compleja. La democracia, en su promesa como modelo de organización social, se enfrenta hoy a la amenaza directa contra la supervivencia de la propia humanidad y de las esperanzas que teníamos para ella.


El título de esta exposición funciona como invitación a no contemplar el presente desde la neutralidad, sino con la mirada y el pensamiento crítico de quien se cuestiona qué hay detrás de la implacable destrucción de la que somos testigos. ¿Qué es ese apetito insaciable que empuja a naciones enteras a aplastar en su expansión a otros pueblos, territorios, historias, sueños y futuros? ¿Es el apetito una metáfora abstracta o un imperativo estructural? No hay capitalismo sin acumulación, ni acumulación sin despojo, y esto nos lleva a entender entonces la destrucción no como un fallo del sistema, sino como su combustible.

Con Apetito por la destrucción, el artista Alberto Huerta expone, con obras explícitas que no necesitan de grandes mediaciones, la violencia del imperialismo y sus consecuencias. Para ello, toma como sujeto de su crítica el evento más aterrador y sangriento que la humanidad presencia en los últimos años: el genocidio del pueblo palestino a manos de Israel, con la complicidad de Estados Unidos y el silencio impune de Occidente. Detrás de la ocupación, el desplazamiento forzado y la aniquilación de Palestina yacen los intereses económicos sobre la tierra, las rutas comerciales y las vastas reservas de recursos naturales —como los yacimientos de gas en la costa de Gaza— deseados por el capital israelí y estadounidense.

La instalación de bombas que caen del cielo directamente sobre la cabeza del espectador al entrar a la exposición nos obliga a caminar con cuidado entre las obras y los escombros, comunicándonos desde el primer segundo la intención del artista, que se rehúsa a suavizar la violencia y usa sus obras como puente material y directo a la realidad. Un poema escrito con carbón directamente en la pared nos recuerda que cuando hablamos de un pueblo hablamos de su historia y de su cultura; que la tierra, los cultivos, los árboles y los animales que ahí viven son parte integrante de ello y que, en un paisaje dominado por el ruido de las bombas, no nos podemos permitir un arte que hable sobre la belleza, porque aunque nos quisiera hablar, no podríamos oírla.

Hacer arte, en una época en la que, con demasiada frecuencia prevalecen la simplificación, el conformismo o el miedo, se ha vuelto más difícil que nunca, pero hay artistas que deciden crear entre la esperanza que sigue viva entre las ruinas y la brutalidad de un presente, como el actual, dominado por la incertidumbre. Así, las bombas de Huerta estallan en todas las paredes del espacio expositivo, rompiendo la confortadora distancia que existe entre ellos y nosotros para recordarnos que el arte puede ser una trinchera, pero solo si estamos listos para luchar. 



Giovanna Maroccolo

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